Mi nombre es Judith De la Torre, y si hoy hablo del coro como un lugar importante en mi vida, es porque allí encontré mucho más que música. Encontré una parte de mí; Mi historia empezó, con una mezcla de ilusión y dudas. En 2019, cuando entré a la universidad, hice lo que muchos hacen al inicio: buscar información sobre los clubes, curiosear opciones, preguntar qué espacios existían para sentirse parte de algo.El coro me llamó la atención desde el primer momento, pero integrantes del mismo que se encontraban ahí, me dieron una respuesta fria y, en cierta forma, desalentadora: personas que comentaban que si no sabías leer partituras, era casi imposible entrar. Yo no sabía. No tenía educación musical técnica, no sabía leer música, y en ese momento lo asumí como una sentencia silenciosa: tal vez este espacio no es para mí.
Aun así, cantar siempre había sido parte de mi vida, aunque no desde un escenario académico. Yo venía de cantar durante años en el coro de la iglesia, de aprender desde la práctica, desde la emoción y desde la espiritualidad compartida. Cantar era algo que me salía natural, como una forma de conexión.Sin embargo, entre creer que “no cumplía los requisitos” y el miedo a no estar “a la altura”, decidí dejar el coro universitario como una idea a futuro, una puerta que simplemente no abrí. Y luego llegó el 2020. La pandemia lo cambió todo: la vida cotidiana, la universidad, las relaciones, la manera de habitar el tiempo. En ese contexto de encierro y distancia, apareció una oportunidad que para mí fue decisiva: el club “Cantando en casa”.
Ese espacio se sintió distinto desde el inicio. No era el coro tradicional que yo imaginaba como algo rígido, exigente, con barreras técnicas, sino más bien un lugar de aprendizaje progresivo, humano y accesible. Entré con nervios, pero también con esperanza. Y lo que encontré fue una experiencia profundamente positiva:clases en donde no solo se cantaba, sino donde se aprendía a conocer el cuerpo, a usar la respiración, a reconocer la voz como algo más que un sonido, como un instrumento íntimo. Poco a poco fui comprendiendo que cantar no era solo afinar, sino comprenderte: sentir la vibración, sostener el aire, trabajar la postura, escuchar, escucharme. Ese proceso despertó en mí algo que no esperaba: un amor más consciente por el arte, y la certeza de que yo sí tenía un lugar en la música, aunque no supiera leer una sola partitura.




Con el paso del tiempo, ese camino me acercó a algo mayor. Cuando el proceso de “Cantando en casa” avanzó, quienes guiaban el espacio ya nos conocían: ya escuchaban nuestras voces, veíannuestra constancia, sabían de nuestra evolución. Fue entonces cuando llegó un momento que hoy recuerdo como un punto clave y emocionante: nos dijeron que estábamos listos, que estábamos aptos, y que si queríamos, podíamos pasar a formar parte del coro universitario. Acepté, y así fue como ese sueño guardado se convirtió en realidad. Después de la etapa más intensa de la pandemia, una de nuestras primeras experiencias como coro fue una grabación muy significativa en la Iglesia de la Compañía: interpretamos el Himno Nacional, el Himno de la Católica, y La marcha a San Ignacio de Loyola. Fue una experiencia solemne, hermosa y cargada de simbolismo. Para mí, más que una grabación, fue una manera de decir: aquí estoy; lo logré; pertenezco.
El coro me ha dado momentos inolvidables, sensaciones increibles en escenario y una visión más amplia para poder reconocer los contextos de las canciones y entender porqué cantamos lo que cantamos
Siempre tendré un profundo agradecimiento a cada uno de los miembros del coro ya que siempre me hciieorn sentir bienvenida y comprendida.
La música, como muchos espacios culturales, abre puertas a muchas cosas que solo si lo experimentamos, somos capaces de comprender.




