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Lo que nadie ve antes de un concierto del Coro PUCE

La gente piensa que un concierto coral empieza cuando el director levanta las manos. No saben que el verdadero espectáculo comienza una hora antes, en la penumbra del backstage, donde se mezclan nervios, concentración y risas ahogadas.

El primer acto es el ritual del uniforme, esa armadura compartida. Mientras el vestuario se llena de telas negras, blancas o del experimento fallido de la leva oversized, ocurre la magia invisible. En un rincón, alguien repite en susurros el pasaje difícil del Gloria; en otro, un grupo estudia la partitura como si fuera la primera vez. Yo siempre ayudo a cerrar broches imposibles o pido que me revisen el moño, gestos mínimos que tejen complicidad.

Luego viene el calentamiento, pero no el técnico. Es el emocional. Nos reunimos en círculo, hombro con hombro, y tarareamos acordes en un susurro colectivo. No es para afinar, sino para sentirnos. Para recordar que ya no somos treinta individuos con nervios propios, sino una sola respiración a punto de convertirse en sonido. El director pasa entre nosotros, y su mirada silenciosa vale más que cualquier corrección. Despúes debemos esperar a que empiece el concierto, aveces se demora mucho así que nos podemos a jugar UNO, charadas, verdad o reto… you name it.

Los minutos finales son de una tensión palpable. Los nervios, antes dispersos, se transforman en energía concentrada. Revisamos mentalmente las entradas, intercambiamos miradas de complicidad con nuestros compañeros de sección. Afuera se escuchan los pasos del público, el crujir de butacas, y ese sonido nos recuerda por qué estamos aquí. No es miedo lo que sentimos, sino la anticipación del artista que está a punto de compartir algo íntimo.

Cuando nos alineamos frente al telón, el silencio se hace absoluto. Treinta respiraciones se sincronizan. A través de la rendija de la cortina vemos sombras, luces, pero no rostros. Es el último segundo de intimidad antes de la entrega total. Ahí, en esa pausa cargada de electricidad, ocurre lo más importante: dejamos ir el miedo y nos fundimos en la certeza de que lo haremos juntos.

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